Al caminar sin un rumbo fijo, muy adentro,
en la espesura del bosque, en la tenue oscuridad de su noche, mientras el
viento silbaba burlón en su oído, John escuchaba entre el gozo y el lamento las
voces de los residentes transitorios y las voces de los moradores permanentes
del lugar que parecía ser un mundo paralelo al mundo en el que él suele vivir.
¿Y cómo era que, de repente, al instante se
encontraba él allí? ¿Si en el cuerpo? No lo sabía, ¿si en su mente? Podría ser,
¿o de ambos modos? Tal vez; como fuese estaba él allí, sin ser consciente de que
cómo entonces, lo cual quizás tan solo se decía a sí mismo a manera de
pretexto, pero caminando cuan anda alguien en un valle de sombra de muerte,
satisfaciendo todos sus deseos terrenales.
Mezclada con las demás voces en el bosque
del reino oscuro, entre dulce y tosca, entre atractiva y aterradora, entre
seductora y dominante, clara, pero a veces confusa, John oía la voz del rey del
lugar invitándole a permanecer allí con todos sus visitantes a la vez que con
severa y perversa autoridad gobernaba a los habitantes permanentes de su reino.
De momento, estando en el reino oscuro,
John experimentaba una cierta satisfacción entre mezclada con la confusión y la
turbación; a la distancia, hacia el
final del bosque, en las fronteras del mundo oscuro se apreciaba con nitidez la
luz del reino claro, tanto cerca como dentro de él otras voces más le alertaban
acerca del peligro inminente e insistentes le invitaban a salir de allí e ir
camino de la luz; sin embargo, la fascinación y el encanto del lugar le retenían al riesgo de hacerle uno más de sus habitantes permanentes con engañosas ofertas
de placer y libertad contrastantes con la aparente monotonía de su cotidianidad
y le hacían ignorar las dulces y sinceras
voces del reino claro, de su rey, de sus súbditos e incluso a su propia voz
interior.
Al parecer, sin que él se lo propusiera,
por lo menos esto se decía a sí mismo engañándose, sus visitas al bosque del
reino oscuro, su relación con el rey y con los moradores transitorios y los
habitantes permanentes del lugar se hacían cada vez más frecuentes; estando en
aquel mundo paralelo, John sin límites y sin prohibiciones disfrutaba de todo
cuanto deseaba, lo cual no podía hacer en el mundo monótono en el que suele
vivir.
En medio del bosque del reino oscuro,
libre y relajada con el viento juguetón agitando caprichosamente su cabello,
Mary disfruta de su amena relación con Daniel, un hombre tan apuesto como
fascinante y misterioso, quien a diferencia de su esposo, aquel con quien ella
comparte su vida en el monótono mundo en el que suele vivir, le llena de
atenciones y de halagos que le hacen tan feliz en este mundo paralelo al que
con mayor frecuencia ella se ha acostumbrado a venir; ¿si en el cuerpo? No lo
sabe, ¿si en su mente? Puede ser, ¿o de
ambos modos? Tal vez; pero en el que ella
se encuentra cada vez más a gusto y menos inhibida, como transportada y sin
proponérselo a sí misma, lo cual se empeña en creer, justificándose inocente,
aunque sabe que se miente.
La existencia de dos mundos o visiones
diferentes al interior de las mentes tanto de John como de Mary y de muchas otras
personas más, entre las cuales en otro tiempo nos contábamos, quizás nosotros, las
hacen debatir a diario entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el
mal, estos existen en ellos como realidades paralelas y opuestas, como puertas
y antesalas de dos reinos
diferentes, permanentes y eternos, el
reino de la luz y el reino oscuro.
Renunciando al reino de las tinieblas (Cp.
I de Pedro 2:9; Colosenses 1:13), quienes no deseamos oír la voz Satanás, accedemos
al reino de la luz mediante rendir a Cristo nuestra naturaleza, hábito o
costumbre carnal hasta hacerla desaparecer (Cp. Gálatas 2:20), quienes porfían en
actuar siempre de acuerdo a la influencia de su naturaleza, hábito o costumbre carnal,
ciertamente morirán (Cp. Romanos 8:5-8).
Ante la frustración, la insatisfacción y
la impotencia e incluso la monotonía de sus vidas y a fin de evadir sus
realidades, buscando la satisfacción de sus deseos reprimidos, como lo hicieran los
personajes de las dos historias anteriores, algunas personas crean para sí
mundos paralelos, bien sean estos inicialmente tan solo de ilusión en sus
mentes o luego hechos reales en sus acciones concretas posteriores.
Probablemente, estarás tú familiarizado en
algún grado con el bosque del mundo oscuro, tal vez sueles visitarlo de manera
eventual o te hayas acostumbrado a ir a él sin inhibiciones, sea una u otra, la
situación aún estás a tiempo de enmendarte.
Con relación a la forma en la cual pensamos,
como hijos de nuestro Dios, hemos de ser cuidadosos, conscientes de que es de nuestro corazón, es
decir, de nuestra mente, de donde surgen en forma de pensamientos, las que luego
podemos llegar a realizar como acciones concretas (Cp. Mateo 15:19).
No
solo vamos a dónde físicamente nos llevan nuestros pies como si estos fuesen
autónomos para llevarnos en contra de nuestra voluntad a algún lugar en
particular, sino que vamos además imaginariamente hacia dónde nos llevan
nuestros pensamientos (Cp. Mateo 5:28).
Acerca de nuestro corazón, es decir de nuestra
mente, La Palabra de Dios dice:
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón;
Porque
de él mana la vida” (Proverbios 4:23).
“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Cp.
Mateo 6:21).
Sea nuestra comunión solamente con el
Señor, vivamos solo dentro de su reino y evitemos ceder a toda tentación que
pueda transportarnos quizás definitivamente a un mundo paralelo y oscuro.